Adopta un perro, caso práctico

La primera perra que tuve se la regalaron a mi hermana. Era una pastora alemana, algo chucho, que malcriamos y maleducamos demasiado. Un perro difícil en manos de primerizos. Cuando se murió con 13 años nos dio muchísima pena. Recuerdo a mi madre diciendo que no quería más perros en casa. Antes de un año estábamos en el albergue de una asociación recogiendo a “la perra que diera más pena”. Nos trajimos una galga llena de heridas, a la que le faltaba un colmillo y que tenía un miedo atroz de todo y de todos.

Durante los primeros meses no te podías sentar en el mismo sofá que ella sin que saliera corriendo. Pero con tiempo y paciencia, nos empezó a coger cariño. Vio que la habíamos sacado de la calle y nos cogió cariño. Con el tiempo vino otro perro también recogido con el que hizo una amistad que duró mientras vivieron los dos.

Después de ella han venido más. En cuanto pude irme a vivir al campo lo tenía claro: adoptar perros grandes, que siempre cuesta encontrarles casa. Así que fue firmar mi sentencia de matrimonio con un banco en forma de hipoteca y adoptar un mastín. Un mastín que lleva conmigo ya 10 años. Luego, otra perra… hace tres años, otra más, esta vez una chuchilla pequeña, lista como el hambre y suave como acariciar un Nanas. Y este invierno, en mitad de las vacaciones, otro mastín que nos encontramos desnutrido por la carretera. Si sumamos los de mis hermanos, los que se nos han muerto de enfermedades o envenenados en algún parque por gentuza que solo espero que hayan muerto de alguna enfermedad cruel y dolorosa, sumamos 15 adoptados.

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Y son la misma alegría. Si, enferman, se hacen viejos más deprisa de lo que nos gustaría, pero tiene la manía de darnos más cariño que preocupaciones.

Si tienes pensado tener un perro, no lo compres: adopta uno. Los albergues están llenos de perros abandonados. No son cachorros lindísimos, pero te van a querer más que si hubieras sido el primero que ven en el momento de abrir los ojos. Son agradecidos, fieles, cariñosos. Tendrán sus miedos de haber pasado una vida asquerosa: abandonados, golpeados, mal alimentados. Y tú les vas a dar un techo, comida diaria y cariño. E incluso te los llevarás a la playa, a jugar con una pelota sobre un campo de hierva, a pasear por ríos a la sombra de frondosos árboles. No se cansarán de agradecértelo.

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